PUNTO FINAL
Año VII. Nº 178
Martes 27 de febrero de 1973
Tribuna
LA LARGA MARCHA DE LOS RADICALES
EL radicalismo es un movimiento de larga -y obstinada- presencia en el panorama político chileno. Con altibajos, ha tenido permanencia parlamentaria y electoral a través de más de 100 años.
Durante esa trayectoria, podríamos observar dos "épocas" muy diferentes: el período del parlamentarismo liberal, de la democracia burguesa "pura", en que el PR mantiene cierta homogeneidad al no enfrentarse con los problemas básicos de la sociedad. Extenderíamos este período hasta la década de los años 30, en que la agudización de los conflictos sociales y el surgimiento poderoso del movimiento obrero, comienzan a develar las profundas contradicciones de clase que conlleva el radicalismo.
Numerosos militantes no apoyan a Aguirre Cerda, asustados por el posible carácter del programa y la alianza con partidos obreros. En el transcurso del gobierno frentepopulista afloran con mayor claridad las diferencias; en el período de Ríos la crisis es evidente, para explotar en el lapso inmediato.
LA GRAN TRAICIÓN
Con González Videla culmina el camino del radicalismo hacia la trinchera de clase de la burguesía. Responsabilidad personal y de la poderosa fuerza reaccionaria infiltrada en el partido. Vendrán, entonces, largos años de lucrativa comisión de servicios a la oligarquía, con leves esbozos de grupos que propician algunos compromisos reivindicativos con la clase obrera.
Pero aún el PR debe participar en el gobierno ultraderechista de Alessandri, integrando el "frente democrático". La descomposición del mismo deja al PR en uno de sus peores momentos, con un candidato presidencial —Durán— que no sólo constituye un "saludo a la bandera", sino que un pingüe negocio para sus gestores y una ayuda poderosa al imperialismo y la reacción criolla.
El desastre electoral fortalece a quienes luchan por llevar el partido a la izquierda; entre ellos, están los que anhelan una definición de clase; también políticos ambiciosos que ven el viaje a la izquierda como una manera de construir el "partido grande" que colme sus aspiraciones personales amparadas en la "garantía y aval de la democracia chilena".
La convención de 1965 lo lleva a la "neutralidad", abandonando el frente democrático. Surge la tendencia de "constituir una nueva alternativa entre los extremos"; la "gran fuerza centrista", etc.
Será esa misma época el punto de aglutinamiento del primer grupo que adquiera conscientemente definición de clase, con un método de análisis científico —el materialismo histórico—, dotado de estrategia propia y de un programa profundo de acción interna y externa. Así, del seno de la añeja Juventud Radical, surge —con características políticas propias— la Juventud Radical Revolucionaria.
COMPROMISO CON LA REVOLUCIÓN
Desde el primer momento, la naciente JRR declara que "primero está el compromiso con la clase obrera y la revolución, tras el socialismo, y después cualquier ligazón partidaria". Consciente del peligro que constituye para jóvenes de incipiente formación ideológica y política el cúmulo de vicios reunidos por el viejo partido, se dota el surgente movimiento de una estructura orgánica, sólida e independiente del aparato oficial.
La novel dirección de la JRR aumenta su influencia en el radicalismo, arrastrando sectores adultos —trabajadores y mujeres— que encuentran una identificación de clase, aunque coexistiendo como "aliados tácticos" con elementos oportunistas que con el tiempo mostrarán su verdadero rostro político.
Al hacerse más violento el enfrentamiento interno y lograrse "la unidad de la izquierda" surgen las primeras deserciones: Durán y Cía. constituyen la Democracia Radical.
Con tal necesaria depuración, el radicalismo se suma a la naciente Unidad Popular: presenta un precandidato —Baltra— a la mesa redonda; participa tibiamente en la redacción del programa presidencial; aporta algo en el trabajo electoral del candidato Allende.
Indudablemente no estuvieron todos los que eran; los que no se jugaron, pronto rebelarían su naturaleza reaccionaria. La depuración distaba mucho de terminar.
DESPUÉS DE 1970, NUEVAS CONDICIONES
A partir de los resultados de septiembre de 1970, se presentan nuevas condiciones para el movimiento popular chileno. Ha sonado la hora de concretar el programa, derribar instituciones del sistema burgués, herir intereses de la burguesía, golpear al imperialismo, abrir las bases para la construcción socialista, entregar el poder a los trabajadores y sus vanguardias de clase.
Este camino es el escogido, señalado y apoyado por las masas. Este camino es temido por los vacilantes, reformistas y oportunistas.
De nuevo el radicalismo criollo, sacudido por su "sino pluriclasista", se inquieta; conversa con sectores extra Unidad Popular; fragua la nueva traición; pretende llevarse hasta el timbre y la campanilla junto a los enemigos de la clase trabajadora que lesiona con profundidad sus intereses.
Se nacionalizan riquezas básicas; se expropian industrias constituyéndose el área social; se interviene la banca privada; se agiliza y profundiza la reforma agraria. Se dan otros pasos que, de conjunto, van golpeando al imperialismo y la burguesía nacional monopolista. El oportunismo, que no esperaba esto, se desespera, ya que confiaba en la tradición de olvidar, frenar o traicionar los programas electorales. No podía cumplir, a cabalidad, su tarea de "caballo de Troya" en el movimiento popular. El imperialismo notifica a Bossay que ha ido demasiado lejos; al "profesor" Baltra que reniegue de su pasado; que hay que derribar a Allende y acumular fuerzas "democráticas". Debían poner al radicalismo al servicio de la reacción, sin reparar en gastos.
Es necesario anotar otro hecho; en los primeros meses de gobierno, numerosos militantes, incluyendo la "brigada 5 de septiembre" de frondosa composición, accedieron a cargos en la Administración Pública. De inmediato conformó un grupo de poder interno fortalecido por su poderío económico e influencia burocrática.
En la convención radical de 1971, los reaccionarios se juegan por entero, para cumplir el mandato del imperialismo, topándose con el bloque JRR-trabajadores, por una parte, y con el sector de funcionarios, por otra. Sus objetivos, huelga decirlo, conocían diferentes motivaciones. La burocracia, ganada por las prebendas que entrega la alta situación administrativa, se juega incluso agresivamente contra los neorreaccionarios de Bossay, Baltra y Cía., actitud que habrían de rectificar con brusquedad. Su rol comienza a surgir, con evidencia, en la actualidad.
Mientras tanto, el "proceso chileno" continúa. Pasada la euforia inicial comienzan los problemas. La reacción, utilizando los cuantiosos recursos del imperialismo, crea problemas al gobierno. Este pierde ofensiva; no entrega participación directa a los trabajadores. La situación es tensa; se agudiza de día en día; el enfrentamiento de clases gana cuerpo. Para los radicales, de corte antiguo, los tiempos corren tempestuosos; les hace pensar, nuevamente, en el abrigo del "partido grande".
CONVENCIÓN DE LA "UNIDAD"
En el verano de 1971, los reaccionarios enquistados y el frondoso oportunismo convocan a una convención extraordinaria; los motiva la "unidad" basada en el cambio sustancial de los términos, contenidos y objetivos de la Declaración de Principios, pretexto político que diera nacimiento al PIR.
La coincidencia ideológica y de intereses de quienes, circunstancialmente, se ubican en trincheras distintas, se hace cada vez más manifiesta.
El retiro del PIR del gobierno —producto de su estrecha relación con los intereses de la reacción y el imperialismo— provoca la ruptura formal entre aquellos que, compartiendo sus posiciones, se resisten a abandonar sus "responsabilidades ejecutivas" y la cuota de poder que ejercen y quienes, por convicción de clase, complotan contra el intento de avanzar hacia la transformación profunda del sistema capitalista.
Frustrados los intentos unitarios, el radicalismo queda en la indefinición, sin tácticas ni estrategias evidentes, salvo las granjerías personales. Se conserva el equipo dirigente, integrado por los mismos que, horas antes, planeaban la traición al gobierno, a la Unidad Popular, a la clase trabajadora, al intento de derribar estructuras obsoletas e iniciar la vía hacia el socialismo.
Cuando el movimiento popular analice sus errores, condene el burocratismo y la ineficiencia, la venalidad y el lastre de muchos hombres de gobierno, tendrá que detenerse a pensar en aquellos de posiciones tan controvertidas, tan distantes de una honesta posición revolucionaria.
PANORAMA EN MARZO DE 1973
A tres años de Administración, el proceso se topa con dificultades evidentes; algunas, acción del sabotaje derechista, y otras, fruto de las propias vacilaciones de la alianza de clase que es la Unidad Popular. Y la mano del imperialismo y sus agentes, siempre presente, viva, ágil, cohesionadora, ofensiva.
Las elecciones de marzo —como resultado de la estrategia de la propia UP—, son una dura prueba para el movimiento popular. Por ende, para el cuantitativamente debilitado partido Radical. Conscientes de ello, los afanes "unitarios" resucitan. Su primer intento público se da en La Serena. El traidor Gabriel González se abraza con Baltraidor; el péndulo llora en el pecho del hombre de las textiles; Duran y Bossay olvidan resquemores para salvar la democracia y la institucionalidad... La máquina comienza a caminar.
Los sectores revolucionarios del radicalismo se ponen en pie de alerta. Temen una nueva coyuntura que materialice los fallidos Intentos de hace un año. Sobre todo, sin olvidar que los protagonistas son los mismos. Los mismos que trataron de impedir el acceso al gobierno; los mismos que han frenado el proceso; los mismos que conversan con la DC y el PN; los mismos amanuenses del imperialismo y la burguesía, distribuidos en los tres segmentos del radicalismo.
A nuestro juicio, la depuración no ha terminado. Ella, debe darse ahora. Después no habrá tiempo para arrepentimientos ni lamentaciones. Si el radicalismo, o los que tienen clara definición de clase, que están por la revolución y el socialismo, desean aportar o estar en el proceso, deben reagruparse. No en torno a los traidores de siempre, sino junto a la clase obrera, a sus vanguardias, para defender y profundizar la experiencia chilena que construya efectivamente la nueva sociedad.
FRANCISCO PÉREZ
Recuperado de: http://www.blest.eu/inf/PF178.html
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