viernes, 25 de diciembre de 2015

Resumen: "Estrategia y táctica" de John Rees

John Rees – “Estrategia y táctica. Las tareas de la izquierda para transformar la sociedad." 

1.       Prólogo:

“Este libro es una herramienta. Busca aportar elementos para hacer más efectiva la actividad de las organizaciones que se proponen transformar la sociedad y darle un nuevo curso a la historia”
El prólogo de este libro comienza con un diagnóstico bastante claro: La izquierda tiene grandes desafíos ante sí, tiene grandes luchas por librar, pero su realidad es francamente decepcionante.   Cuando se habla de izquierda, no se está hablando de aquellos partidos que se definen por el nombre de su partido o por sus luchas pasadas de hace 30 o 40 años. Se está hablando de la izquierda que aún tiene en su horizonte el derribamiento del sistema capitalista. Ésta izquierda, es una izquierda pequeña y fragmentada. Pese al notable aumento en los niveles de organización registrados en los últimos años, tanto en el seno de la misma clase obrera como de organizaciones sociales que toman esas banderas, aún nuestra realidad dista mucho de estar a la altura de las circunstancias. La izquierda del SXXI enfrenta problemas y carencias que, si pretende erigirse como una alternativa, debe saber resolver: En primer lugar, las mezquinas rencillas entre los militantes de distintas organizaciones, que parecen peleas de hinchas de distintos equipos de fútbol más que otra cosa. En segundo lugar, debe enfrentar la “dificultad de que toda elaboración estratégica requiere, a su vez, un conocimiento adecuado de la realidad en la que las organizaciones pretenden intervenir, por lo que la investigación científica y la fundamentación de estos debates adquieren una importancia crucial, so pena de reducirse a la pura y simple ideología” (Rees, 2015, pág. 7). En esta línea, teoría y práctica forman una actividad integrada, no son dicotómicas. “Hablar de teoría, si se hace seriamente, es hablar de estrategia revolucionaria. Y la estrategia revolucionaria, como irá quedando claro en este libro, tiene que ver fundamentalmente con el proyecto de derribamiento del poder político burgués” (Rees, 2015, pág. 7)
Dicho lo anterior, los editores se hacen la siguiente pregunta: “¿desarrolla la izquierda chilena actualmente teoría e investigación revolucionaria, con miras a la elaboración estratégica?” (Rees, 2015, pág. 8). Si bien se reconoce que hay esfuerzos aislados y ciertamente elogiables, no existe un espacio común que permita avanzar de manera “abierta, crítica y sistemática” (Rees, 2015, pág. 8). Lo que uno puede apreciar hoy en el campo de la estrategia y táctica, es que se dan dos situaciones: Por un lado, modelos teóricos rígidos que admiten pocas variantes en sus prácticas y, por otro lado, una ausencia de estrategia, olvidándose el horizonte comunista. Una carencia de criterios para evaluar procesos actuales y generar tácticas.
Aunque en muchos casos hoy se olvide o se deje de lado, no hay que olvidar “los objetivos centrales de la actividad política socialista” (Rees, 2015, pág. 8). Pero también es vital tener claro que “los problemas estratégicos no los resuelven los individuos, ni una u otra organización por sí sola, sino que es la práctica colectiva la única que puede dar respuestas.” (Rees, 2015, pág. 8)


2.       Introducción: ¿qué hacer?

“En 1902, cuando Lenin eligió el título ¿qué hacer? para el que resultó ser uno de sus panfletos más famosos, las fuerzas de los revolucionarios en Rusia estaban dispersas y debilitadas. Pero esta insistencia en dar respuesta a esta pregunta fue lo que los llevó al punto en el que pudieran jugar un rol decisivo en la revolución Rusa. Si los revolucionarios quieren cumplir un papel constructivo en las batallas que enfrenta actualmente la clase trabajadora, deben tener la capacidad táctica y estratégica de contestar esa misma pregunta.” (Rees, 2015, pág. 12)

3.       ¿Cuál es nuestro objetivo?

Los conceptos de táctica y estrategia tienen un origen militar. En la guerra, los ejércitos se plantean objetivos estratégicos y adaptan sus tácticas en la batalla, de tal manera de acercarse a su meta estratégica.
En “Lecciones de octubre”, Trotsky dijo: “En política, utilizando la analogía de la ciencia militar, por táctica entendemos el arte de conducir operaciones aisladas. Por estrategia entendemos el arte de la conquista, o de la toma del poder” (Trotsky, 1924).
El autor hace un símil entre el análisis político y la guerra, indicando que ambas tienen algo crucial en común: “ambos son grandes simplificadores, en tanto exigen enfocarse en lo esencial y desterrar implacablemente lo superfluo.” (Rees, 2015, pág. 14) Este símil sirve para entender que no tiene sentido desgastarse en todos los frentes, sino que se debe priorizar y juntar las fuerzas en determinados lugares. Decidir la estrategia, entonces, es algo complejo. “Una de las tareas más difíciles a la hora de decidir la estrategia y la táctica es responder a la pregunta por lo que debiesen ser nuestros objetivos fundamentales, a partir de toda la masa de información y de acontecimientos que giran en torno a nosotros, y por los métodos que debiésemos adoptar para alcanzarlos.” (Rees, 2015, pág. 14). Para realizar este proceso de abstracción, de pensar cuál debe ser nuestra estrategia y nuestras tácticas, Lenin y Trotsky coincidían en la importancia de la práctica, de intentarlo, de involucrarse. “Todas las disputas teóricas, estratégicas y tácticas, sólo pueden resolverse en la práctica.” (Rees, 2015, pág. 15)

4.       ¿La estrategia de quién? ¿la táctica de quién?

Hay que partir de la base que toda organización (ejércitos, empresas, ONG’s, organización caritativa, gobierno, sindicatos, partidos, etc.) tiene una estrategia y una táctica. Las diferentes estrategias, dice el autor, surgen de las clases que están en la base de cada organización. Al contrario del planteamiento del Rees, sostengo que lo que define la estrategia y táctica de una organización no se corresponde necesariamente con la clase que está en la base de dicha organización, sino que se define por aquella clase que logra imponer sus intereses al resto. El ejército es un gran ejemplo de esto. Su base hunde sus raíces en la clase obrera, pero los intereses que defienden son los de las clases dominantes. Esto, porque los intereses de estas clases se imponen a los de los soldados. En ésta línea, la pregunta por el quiénes somos, cuál es nuestra clase, nuestra posición, nuestra identidad, son de vital importancia para cualquier elaboración estratégica y táctica.
En este caso, nuestro interés es la clase trabajadora, dice Rees. Y a esta clase, la define como una clase explotada y oprimida, explicando someramente la teoría de la explotación de Marx. De aquí, continua diciendo que la subordinación económica y política engendra “pasividad y fatalismo” en la clase obrera. Sin embargo, “la alienación es sólo la mitad de la historia. El sistema siempre induce tanto a la revuelta como a la pasividad” (Rees, 2015, pág. 17). Existe, por tanto, una lucha entre los intereses de los trabajadores y su conciencia en un momento dado.  En términos de Gramsci, estamos frente a una “conciencia contradictoria”.
Dice Rees que el objetivo de los socialistas debe ser el de elevar el nivel de conciencia y combatividad de los trabajadores. El autor continua diciendo que, justamente en esto, consiste la estrategia y táctica socialista: “encontrar las formas de organización, consignas e ideas que contrarresten el conservadurismo y la pasividad de los trabajadores, para alentarlos a luchar.” (Rees, 2015, pág. 18). En este punto, pienso el autor comete un error al hablar de los trabajadores como un tercero al cual debemos educar y “alentar a luchar”. Lo que hay que hacer, en mi opinión, es que en conjunto, de manera colectiva, en la reflexión y el debate permanente, tanto entre nosotros mismos como militantes como con el pueblo en su conjunto, logremos elevar el nivel de conciencia y combatividad del pueblo, dentro del cual nos encontramos, por su puesto, nosotros/as. Aquí adhiero plenamente a la idea que Paulo Freire plantea en su libro “Pedagogía del oprimido”: “Nadie libera a nadie, ni nadie se libera solo. Los hombres se liberan en comunión.”

5.       La organización revolucionaria

En este acápite el autor contrasta dos formas de organización que han existido a lo largo de la historia del movimiento obrero: La vanguardia socialista y los partidos amplios.
Comienza explicando lo que es una vanguardia. Para esto, se vale de los planteamientos de León Trotsky. Trotsky decía que todo lo que necesitaba saber de organización socialista lo aprendió de cinco trabajadores: “Uno de los cinco trabajadores era un reaccionario de tomo y lomo: nunca se habría afiliado a un sindicato, era racista y sexista, y, ante una huelga, habría intentado romperla. Otro de los cinco era exactamente lo contrario, un buen sindicalista, anti-racista, y un socialista siempre dispuesto a levantarse por los desamparados.
Entre estos dos polos opuestos estaban los otros tres trabajadores. A veces se veían influenciados por los argumentos del reaccionario, dejando aislado al socialista. Pero ellos también podían apoyar los argumentos del socialista, dejando aislado al reaccionario.” (Rees, 2015, pág. 19).
Trotsky entonces, en base a esta experiencia, dice que los revolucionarios deben vincularse con la minoría socialista, porque al hacerse parte de esa red que tiene su propia prensa, convoca a reuniones, elabora explicaciones del mundo y organiza la acción, esa minoría va a tener la capacidad de ¿ganarse? (pongo el ganarse entre pregunta en base a la misma crítica hecha en el acápite pasado) a los demás trabajadores. La vanguardia sería, entonces, la “herramienta más eficaz para ir superando progresivamente esa desigualdad.” (Rees, 2015, pág. 19)
Pese a lo que Trotsky planteó, la forma que se impuso a nivel casi universal, hasta el día de hoy, fue la de los partidos amplios (laboristas, socialdemócratas…).  Estos abarcan la mayoría, si es que no a todas, las opiniones que surgen de la clase obrera. Buscan unir a 4 de los 5 trabajadores. Su fortaleza es que son grandes, pero en esto mismo está su fatal debilidad: al interior hay una división política entre “una minoría radical y una mayoría conservadora o, en el mejor de los casos, una mayoría confusa y vacilante.” (Rees, 2015, pág. 20). Esto, dice Rees, se vuelve inevitable puesto que se reproduce la misma conciencia desigual de los trabajadores al interior de las organizaciones. Alienación, el efecto de los medios de comunicación de masas, el sistema educativo, entre otras cosas, hacen que haya una división y no compartan perspectivas la minoría y la mayoría.  Esto se suma a la burocracia conservadora de diputados, concejales, dirigentes sindicales y otros funcionarios de altas esferas partidarias. Esto facilita que estas organizaciones “abandonen sus principios en momentos decisivos o complicados de la lucha de clases” (Rees, 2015, pág. 21). Aquí, cita dos ejemplos: 1) los partidos obreros que apoyaban la 1ª guerra mundial y 2) la realidad del Partido Laborista Inglés, incapaz de llevarlos siquiera un poco más cerca del socialismo.
Lo anteriormente expuesto, llevó a los socialistas revolucionarios a concluir que era necesaria una orgánica distinta entre minoría y el resto de la clase. Los revolucionarios debían tener su propia organización radical para organizarse y operar libremente y no someterse a los conservadores. Pero ¿cómo evitar convertirse en una secta minoritaria y autocomplaciente si  la revolución, en palabras de Marx, es la “autoemancipación de la clase obrera”? Dice Rees: “esta es la cuestión central de la táctica y estrategia revolucionaria” (Rees, 2015, pág. 21)

6.       Sectarismo y liquidacionismo

En este capítulo, en directa relación con lo dicho en el acápite anterior, el autor se inclina por la vanguardia socialista. Dice que “el requisito indispensable para cualquier estrategia revolucionaria es la existencia de un conjunto organizado de socialistas revolucionarios, independientes de toda influencia que no sea la de las luchas de la propia clase trabajadora” (Rees, 2015, pág. 22). Sin esto, afirma, se genera una sumisión a las capas conservadoras  y, por tanto, una sumisión a la influencia de las clases dominantes. Ser vanguardia implica buscar de inmediato las formas más adecuadas para relacionarse con las luchas más amplias de la clase.
Rees relata brevemente el consejo que habría dado Lenin a los revolucionarios italianos en relación a romper con Turati, el líder reformista del PSI. Lenin, sin embargo, sabía que en el PSI había “buenos trabajadores”, por lo cual insistió en que los revolucionarios debían seguir trabajando codo a codo con ellos. Desde aquí desarrolla los peligros que, para él, toda organización enfrenta: el sectarismo y el liquidacionismo. “No romper con el PSI hubiese implicado la liquidación (disolución) de los revolucionarios en un partido socialdemócrata o reformista y los habría anulado ocmo fuerza independiente (…) El peligro de esta situación es que la actividad de los revolucionarios queda atada al ritmo y dirección de la política electoralista y reformista, y no a las necesidades de la lucha de clases” (Rees, 2015, pág. 23). Pero si la vanguardia se aísla, si no se articula con las mayorías, entonces cae en el error equivalente y opuesto: el sectarismo, que implica “el intento de protegerse de la influencia conservadora y crear una organización socialista pura” (Rees, 2015, pág. 23)

Liquidacionismo y sectarismo tienen la misma raíz: “la impaciencia con el ritmo del desarrollo de la conciencia de la clase trabajadora. El liquidacionista quiere acortar el camino de la larga lucha por elevar la combatividad y la conciencia de la clase obrera, disolviéndose en ella en su estado actual. Los sectarios prefiere ignorar el estado actual de los trabajadores, apartándose para subsistir en el capullo de la pureza revolucionaria” (Rees, 2015, pág. 25)

1.       La organización política y la lucha de clases

“Los partidos no hacen ni pueden hacer, por si solos, una revolución. La revolución debe ser el acto de una mayoría de la clase trabajadora, no sólo de su sector más avanzado” (Rees, 2015, pág. 26). La vanguardia no puede suplantar a la clase obrera en su conjunto.
En esta línea, sólo sobrevivirán aquellas organizaciones que sean capaces de aprender de las luchas de la clase obrera. “Esto no se logra de una sola vez durante la formación de la organización, suponiendo que seguirá siendo igual siempre” (Rees, 2015, pág. 27). Debe primar la renovación constante, el estudio y la crítica.
“En ningún sentido es el rol del partido imponer cualquier tipo de tácticas artificiosas y abstractas sobre las masas. Por el contrario, debe aprender continuamente de su lucha y… unir los descubrimientos espontáneos… con la totalidad de la lucha revolucionaria, y llevarla a la conciencia” (Lukács, 1924). De este planteamiento de Lukács, dice Rees, se desprende un doble proceso: En primer lugar, el aprendizaje que se debe obtener de las experiencias de la clase y, en segundo término, la necesaria unificación de este aprendizaje con la totalidad de la lucha revolucionaria, que no es más que la experiencia histórica acumulada de la clase en sus batallas contra el capitalismo. En esta experiencia histórica acumulada no sólo se encuentra la historia en su sentido más inmediato, sino que también la teoría revolucionaria.

2.       El timing en la política revolucionaria

John Rees comienza diciendo que la actividad de toda organización revolucionaria “forma parte de una cadena de acontecimientos que tienen lugar en el tiempo” (Rees, 2015, pág. 29). La cuestión del tiempo es decisiva. “Una red de revolucionarios puede tener un efecto crucial en el curso de los acontecimientos, pero sólo si evalúan con presión la forma en que estos factores configuran la historia, y si miden, cual sastres, sus acciones para promover algunos resultados y contener otros” (Rees, 2015, pág. 29)
“Siempre hay una ventana de oportunidad fuera de la cual ciertas acciones ya no serán posibles o no tendrán la misma fuerza” (Rees, 2015, pág. 30). Hay que tener, eso sí, la precaución o el “tacto” de no atarantarse, puesto que también puede darse el caso de que actuar con demasiada prisa sea un error. Por esto es tan importante el estudio riguroso de cada situación y su contexto.
“Si una organización revolucionaria quiere cumplir su papel en la cadena de acontecimientos, en lo que sea que consista ese papel, se debe actuar con diligencia. Siempre habrá algo que hacer (…) es necesario hacer las cosas de forma oportuna” (Rees, 2015, págs. 31-32)

3.       Dando con el eslabón clave

En este apartado el autor plantea la necesidad de encontrar y tener claro el “eslabón clave”. La realidad política tiene muchos temas: calentamiento global, racismo, luchas sindicales, guerra, aborto, etc. Ante esto, ha habido distintas respuestas. Una de estas ha sido hacerlo todo. Otra ha sido que los militantes elijan donde quieren estar según sus preferencias. Al respecto, Rees dice: “esta forma de enfrentar el problema, este enfoque tipo “almuerzo buffet” (ven cuando quieras, come tanto o tan poco como quieras, de lo que más te guste)” (Rees, 2015, pág. 34) lleva a que la organización pierda el foco y se olvide de los temas clave. Lo que hay que entender, dice, es que no hay muchos temas de igual relevancia que compiten entre sí, sino que tienen un origen común en las contradicciones de la sociedad capitalista.
Ya lo dijo Lenin: “cualquiera que enfrente los problemas parciales, sin haber determinado previamente los problemas generales, inevitablemente “tropezará” a cada paso con esos problemas generales, sin darse cuenta. Enfrentarse a ellos a ciegas y en cada caso individual es lo mismo que condenar la política propia a la peor vacilación y ausencia de principios” (Lenin, 1907). Esto no significa dejar de lado los otros temas, sino que priorizar y agarrar el “eslabón clave” como se dijo, porque así se sujeta la cadena completa.

4.       ¿Qué son los cuadros?

Los cuadros son “grupos de activistas que tienen cierto nivel de formación política y experiencia organizativa práctica” (Rees, 2015, pág. 37). Dan peso y eficacia a la organización. Los cuadros de las organizaciones le dan estabilidad, durabilidad y efectividad en la lucha. Estos facilitan que los nuevos miembros se vayan integrando a la tradición política. Por lo general, suelen ser “los que están más arraigados en los sindicatos y en las organizaciones de la clase obrera” (Rees, 2015, pág. 37) Pero en esto mismo radica la posibilidad del estancamiento y el conservadurismo. Trotsky dijo: “todo partido, incluso el más revolucionario, produce inevitablemente su propio conservadurismo orgánico” (Trotsky, 1924). Los problemas asoman, sobre todo, en los momentos de cambio, cuando las condiciones de lucha cambian rápidamente. Aquí es donde “los miembros más nuevos de la organización pueden entender con mucha más precisión lo que necesita el partido para actuar con eficacia” (Rees, 2015, pág. 38)
“En el periodo previo a la insurrección de Octubre, cuando el conjunto de la dirección de los Bolcheviques se unió contra el llamado de Lenin a una segunda revolución (…) fueron los sectores más avanzados de la clase y los elementos más dinámicos dentro del partido los que lograron superar el conservadurismo.
Es de esta manera que los cuadros del partido se van renovando. En estas situaciones, se mantendrán los que son capaces de moverse con los tiempos, mientras se incorporan y se forman los nuevos cuadros que demuestren aptitudes para liderar en las nuevas circunstancias. De este modo, son los debates y las acciones del partido los que ponen constantemente a prueba a los viejos cuadros, generando a su vez a los nuevos dirigentes” (Rees, 2015, págs. 38-39)
Los cuadros deben ser capaces de utilizar su experiencia “para comprender, explicar, y actuar en las nuevas circunstancias” (Rees, 2015, pág. 40) y ponerlas al servicio de las luchas del presente.

5.       Agitación y propaganda

“Hay dos tareas generales que todo socialista activo debe llevar a cabo en la lucha de clases: educar y organizar” (Rees, 2015, pág. 41). Educar implica que las experiencias históricas y teóricas acumuladas de las luchas socialistas sean útiles para la política contemporánea. Pero esta comprensión puede quedarse encerrada en la propia organización, sino que debe extenderse a todo el pueblo. Esto va de la mano, entonces, con la propaganda, que no es más que la “difusión de una serie de ideas relativamente complejas” (Rees, 2015, pág. 41)
Es importante la difusión de las “grandes ideas”, pero tanto más importante es hablar de lo que podemos hacer ahora, puesto que al capitalismo no lo vamos a abolir con el sólo hecho de pensarlo. Tenemos que traducir en ideas más concretas, simples y directas esas “grandes ideas”. En esto consiste la agitación, que tiene directa relación con la “acción inmediata”. Rees da los siguientes ejemplos: “Huelga ahora contra ofertas de salarios por debajo de la inflación”, “marchemos para expulsar ahora a las tropas”.
Entre la agitación y la propaganda está lo que Rees llama la “propaganda concreta”, definiéndola como “la demanda que una mayoría de los trabajadores consideran posibles y deseables, pero que, por sí solos, no tienen el poder de llevar adelante. Tienen la idea de que alguien más –sea el gobierno o los dirigentes sindicales- debiera hacerlas realidad” (Rees, 2015, pág. 42)
Continúa diciendo que “saber cómo y cuándo impulsar cuáles formas de propaganda y agitación requiere tener cierta experiencia concreta”, lo que se traduce en escuchar a los trabajadores, entender lo que ellos ven como posible, etc. No sirve ser una secta desconectada de la realidad. Las formas adecuadas dependen de una evaluación previa de las condiciones de la lucha de clases. O sea, el equilibro entre trabajadores, gobierno y empresarios, el Estado de conciencia de los trabajadores, etc.

6.       El frente único

La problemática desarrollada en este capítulo tiene que ver con cómo la vanguardia socialista se vincula con la mayoría trabajadora. Aquí se exponen entonces dos formas de organización: frente único, o frente de trabajadores, y frentes populares. “El frente único que proponía Trotsky era un llamado a la unidad de los partidos de la clase trabajadora (…) el objetivo era, por lo tanto, unir a todos aquellos trabajadores que tuviesen un interés de clase en oponerse al fascismo, más allá de las diferencias que pudiesen tener en torno a las formas de alcanzar el socialismo” (Rees, 2015, pág. 48). Por el contrario, los frentes populares buscaban unir a las organizaciones de la clase trabajadora con partidos de clase media, liberales y burgueses. El peligro, dice el autor, es que la experiencia demuestra que los intereses de los trabajadores se subordinan a la de sus aliados burgueses.
Rees plantea que hay que apostar por “la unidad en la acción con las fuerzas más amplias posibles de la clase trabajadora” (Rees, 2015, pág. 50) y oponerse a alianzas con organizaciones burguesas que sólo limitan la acción de la clase obrera.

7.       El ultra-izquierdismo

““Ultra-izquierdismo” es el término que se utiliza para referirse a esas consignas y acciones que tratan de sustituir la actividad de la mayoría de los trabajadores por los actos de la minoría militante” (Rees, 2015, pág. 51). Rees da un ejemplo, relatando lo sucedido en 1921 con el Partido Comunista Alemán: “En 1921, una combinación entre la intervención de la Internacional Comunista, recién formada en Moscú, y de los ultraizquierdistas locales forzaron un nuevo giro táctico en el Partido Comunista Alemán. La línea existente en el Partido Comunista era criticada por ser demasiado pasiva y carente de activismo. Karl Radek y Bela Kun, los representantes de la Internacional Comunista, instaron al partido a “pasar a la ofensiva” con el fin de sacudir a los trabajadores de su pasividad, incluso “mediante una provocación si fuese necesario” y forzarlos a enfrentarse al gobierno.
Cuando el presidente socialdemócrata de la Sajonia prusiana anunció la represión policial de las zonas industriales, activaron esta política de “forzar la revolución”. El periódico del partido, el 20 de marzo, publicó una editorial titulada: “Quién no está conmigo está contra mí: un mensaje a los trabajadores socialdemócratas e independientes”. Consistía en un ultimátum a los trabajadores, diciéndoles que debían tomar partido en las luchas venideras.” (Rees, 2015, pág. 52)
Así, se convocó a la huelga general, se tomaron fábricas y se armaron los trabajadores. Sin embargo, la mayoría de los trabajadores no tuvo la misma disposición  y la táctica fracasó rotundamente. Hubo enfrentamiento de trabajadores en distintos puntos, por su parte los trabajadores portuarios ahuyentaron a los militantes del PC a balazos.  “El aventurerismo de la “acción de marzo” terminó aislando a la vanguardia de la clase y provocó el ascenso de la reacción.” (Rees, 2015, pág. 52)
“Si los revolucionarios tratan de “saltar por encima” de la conciencia actual de la clase, sólo lograrán separarse incluso más de los mejores trabajadores sin partido, dañando su propia organización, al movimiento obrero en general, y a la relación entre ambas partes.” (Rees, 2015, pág. 53)

8.       El marxismo y los sindicatos / el método marxista

En cuanto al primer capítulo (el marxismo y los sindicatos), consideré que lo que se decía no era tan necesario resumirlo. Básicamente, explica lo que son los sindicatos (organizaciones de trabajadores creadas para defender y mejorar sus salarios y condiciones de trabajo), qué contradicciones enfrentan y la importancia de la organización de base para contrarrestar los efectos nocivos de la burocracia sindical y de los trabajadores más conservadores al interior de estos. Se hace hincapié en la importancia de la independencia que debe tener la vanguardia socialista en estos espacios, dado que es precisamente aquí en donde “los mecanismos directos de transmisión de las opiniones de empleadores y gobiernos, sumado a la presión de los trabajadores más conservadores, pueden ser más eficaces a la hora de perturbar la actividad de la clase obrera” (Rees, 2015, pág. 56).  La independencia política y organizativa de la minoría es importante, además, dice Rees, puesto que “si llegase el momento –aunque debiese ser evitado, de ser posible- en el que los aliados de ayer ser conviertan en el canal para las concesiones de hoy, el partido deberá afirmar su independencia incluso respecto de sus amigos más cercanos” (Rees, 2015, pág. 59).
Decidí no resumir el capítulo “el método marxista” puesto que, me parece, hay mucho escrito respecto a esto, hay cientos de libros, manuales y videos y, lo que sale en el libro, es más bien una síntesis bastante apretada y general que no sirve mucho para una comprensión acabada del método marxista.

Para concluir, dejo el listado de textos que Rees recomienda para profundizar en cuanto a lo que a táctica y estrategia se refiere:

1.       El manifiesto Comunista – Carlos Marx y Federico Engels
2.       ¿Qué hacer? – V.I.Lenin
3.       La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo – V.I.Lenin
4.       Lecciones de octubre – León Trotsky
5.       La lucha contra el fascismo en Alemania – León Trotsky
6.       Lenin: “La coherencia de su pensamiento” – Georg Lukács

7.       Tony Cliff – Lenin (4 volúmenes, pero sobre todo el volumen 1: construyendo el partido)

Francisco Zapata Tapia

No hay comentarios:

Publicar un comentario